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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Soy una ilusion

 Soy una ilusión que habita un cuerpo humano,                                                   una fantasía de un Demiurgo que ha tenido a bien darme vida

Soy un sueño demasiadas veces convertido en pesadilla
Que vivo al-albedrío de andar los caminos que yo no he decidido transitar,            porque no se donde me van a llevar. 

En cada huella dejo una miga de pan
para saber quién soy de dónde vengo o  donde voy. 
Pero siempre hay un pajarraco negro.
que borra mi rastro y tránsito por la vida.
 He aprendido al llegar a un cruce.
que no decidir el camino, o decidirlo, es perder la libertad.
Cierro los ojos de mi personalidad.
Escucho el Consejo de la voz interna que no engaña y sigo caminando.

Só una il-lusio

 Sóc una il-lusio que habita un cos humà,

una fantasia d'un Demiurg que ha tingut a be donar-me vida

Sóc un somni massa vegades convertit en malson. 

Que visc a l-albir de caminar els camins que jo no he decidit transitar ,

perque  no se  on son. 

A cada petjada deixo una engruna de pa, 

per saber qui sóc d'on vinc o on vull anar, 

però sempre hi ha un ocellot negre.

que esborra el meu rastre i transit per la vida.

 He après al arribar a una cruïlla que

 no decidir el camí o  decidir és perdre la llibertat.

Tanco el ulls de la meva personalitat. 

Escolto el Consell intern que no enganya i continuo caminant.

sábado, 21 de noviembre de 2020

Poesia


 https://tallerigitur.com/poesia/poesia-catalana-josep-lleixa-fernandez-mas-de-barberans-cataluna/5188/.

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martes, 27 de octubre de 2020

Miles de personas

 Miles de personas acompañaban el feretro del difunto esperando que fuera el último de sus viajes.

Miles de personas guardaban el más absoluto silencio al paso de la comitiva. Ni un susurro no querían que despertase.

Los acompañantes, armados de picos y palas para ayudar al sepulturero a herir las entrañas de la tierra, a poder ser hasta llegar a regiones de fuego, esperando, rogando a la vez, que allí no fuera lugar de descanso, que fuera sitio

para conseguir esta vez sí, 

justicia, esta vez terrena

Estaban organizados. Los de los picos, a un lado del agujero ya tenebroso que empezaba a tener forma. Los de las palas aliviando de tierra el lugar donde enterrarian al difunto. 

Pico clavado en el suelo, pala que liberaba la tierra ya removida. 

Y así, en silencio, de una forma pausada y eficaz, esperaban los miles de sepultureros voluntarios restantes. 

La caja de nogal sin cruz ni bandera, esperaba ser bajada 

al averno, mientras la fosa ganaba en profundidad. 

Todo en un silencio sepulcral

Ni un hisopo con agua bendecida, ninguna lágrima de persona agradecida, Sólo se oyó un grito desgarrado que con voz potente dijo. "tanta paz te llevas como tranquilidad nos dejas... Cabron" 

( continuara) 

Josep Lleixà Fernández




sábado, 24 de octubre de 2020

El entierro

 Miles de personas acompañaban

el féretro del difunto esperando

que fuera el último de sus viajes.

Fue arduo el esfuerzo, pero valía la pena. Encontraron dificultades hasta llegar al destino.

De pronto se hizo la noche, cientos, miles de cuervos, gaviotas negras y estorninos , se adueñaron del cielo con sus horribles graznidos, que eran cantos de alabanza al Ser que mas habían querido.

Querían entorpecer la marcha, dificultar su caminar, y si fuera poco el ruido empezaron a soltar sobre  muchedumbre callada sus pestilentes excrementos.

Lluvia. Truenos, relámpagos iluminaban el cielo, espectáculo dantesco.

que dejaron el Camposanto que desde aquel día dejaría de serlo, anegado con lagrimas torrenciales de los Dioses del infierno. Algunas tumbas cavadas a poca profundidad, dejaron ver manos que eran solo agarrotados huesos, pidiendo sin voz

ser liberados antes de descender para siempre al averno.

Algunos porteadores de la caja la arañaban hasta quedarse sin uñas dejando así patente el desprecio por su contenido.

Los que asistían al paso de la comitiva cuando lo hacia féretro escupían al aire para que su saliva pestilente al caer sobre el, se esparciera y así no dejar ningún espacio en el que no hubiera muestras de su repulsión hacia el muerto.

No habían curas ni monaguillos, ni caballos negros con penachos dorados que hicieran solemne el cortejo.

Detrás del féretro un perro, ojos húmedos por haber llorado de pena , alegría o de miedo.

Sin raza definida un amasijo de pelos, sin rabo que le había cortado su dueño para que no pudiese ninguna vez demostrar su afecto, fidelidad o respeto.

Tardaron días para llegar a su destino. Muchas sorpresas aun encontrarían en el camino como demonios disfrazados de peregrino

viernes, 25 de septiembre de 2020

Llàstima del campanar.

 




Llàstima del campanar.


Llàstima del campanar.

L'espadanya que el coronava

degut al vent i la pluja

i als anys que s'acompanyaven

va ser enderrocada.


Sobre la seva taulada

era la vigilant amatent

de la vida de tot el poble.

Sempre aguerrida, callada.


Amb dos vuits per les campanes

aquestes si que cantaven.


La menuda amb veu de soprano

la grossa amb un to majestuós

anunciaven al veïnat, alegries i dolors,

festa, foc, mort i vida.


Ha passat el temps

les campanes les mateixes

de L'espadanya pocs records.


Pot ser algun escolanet nostàlgic

les recorda amb melangia

quan en dies de vent fort

s'arrecerava al seu peu ,a prop,

al quan pujava al campanar

a fer sonar les campanes.

sábado, 29 de agosto de 2020

La plancha Alejandro Canedo

 Pero surgió un problema, pues nuestro vestuario para la obra, que era similar al que usan los campesinos andinos, sobre todo una especie de ponchos multicolores que lavábamos cada vez que podíamos, necesitaba también plancharse y, uno de esos días, la plancha que llevábamos se quemó y no hubo forma de repararla. De manera que me encomendaron a mí a que fuera a comprar una plancha nueva a la ciudad. Calcularon cuánto podía costar, y por las dudas me dieron el doble de esa suma, por si resultaba ser más cara. El dinero salía de la caja común del grupo que se manejaba como una cooperativa. Salí alrededor de las cuatro de la tarde y cuando llegué al centro de la ciudad, mi deslumbramiento pudo más que mi sentido del deber, pues no sé cómo fui a dar a la Avenida Sexta, por donde corría una brisa fresca y se deslizaban unas mujeres de maravilla, además de ser un hervidero de confiterías, cafés, heladerías, donde la música tronaba en tiendas de discos y alguna gente la aprovechaba para bailar allí mismo, en la vereda. 

─Sí, he leído que en algunos países centro y sudamericanos la gente baila en las calles. Continúa.

─Muchas veces en la vida, me ha afectado el fenómeno que al ir perdiendo gradual pero rápidamente mi sentido del deber, empezaba a sentir una alegría que crecía inversamente a mi aflojamiento de la obligación. Sin vacilar, me senté en una confitería con mesas colocadas en la amplia acera y pedí un refresco, empezando a gastar el dinero ajeno, y decidí tomármelo con toda calma y disfrutar de la vista de las hermosas mujeres que estaban en el local. El minuto fatal ocurrió cuando descubrí que, solitaria en una de las mesas, se encontraba una chica joven y muy guapa que cuando advirtió que la miraba me sostuvo la mirada. El primer paso a la condenación lo di cuando me le acerqué y, con un coraje fuera de la común, le pregunté si me podía sentar con ella y ella aceptó. La maldición se acrecentó, luego de algunos minutos de charla, en el momento que ya poseído por todos mis demonios, le dije que me gustaría hacer el amor con ella y ella siguió aceptando. Después, ya totalmente embrujado, la subí un taxi que nos llevó a un poco exigente hotel no muy cercano. Lo que siguió de allí, fue como te imaginarás, gozo puro y simple, el menearse de su cuerpo hermoso, el abandono absoluto de mi conciencia, la entrega y el abandono al placer. Pero inmediatamente después volvieron las torturas, pues a la hora de pagar la cuenta del hotel, comprobé que me faltaba un poco de dinero y tuve, todo avergonzado, que pedir que ella pusiera lo faltante, a lo que generosamente accedió, aunque no pudo evitar un gesto fugaz de desagrado. La conciencia me reapareció de pronto, cuando me percaté de que me había gastado todo el dinero para la plancha que debía comprar, y se exacerbó mi súper Yo represor al saber que ella no tenía para pagarme el retorno a la ciudadela olímpica, y que ya me miró francamente con desagrado, cuando me subí detrás de ella al taxi que tomó para volver a su casa y le pedí que al menos me acercaran a la casa donde tenía su sede ese grupo de teatro del que hablé al principio, y, además, yo sufrí al comprobar que ella había abandonado en el olvido todo lo que ella misma había disfrutado un rato antes y que ya me miraba con franca animadversión. 

─No lo puedo creer. ¿Y qué hiciste?, ─preguntó Suzanne verdaderamente interesada en la historia. 

─Preguntando, preguntando, llegué al local de ese grupo teatral caleño, que por suerte estaba abierto, y allí encontré a su severo director, al maestro de teatro al que sinceramente admiraba. Me atendió cuando le dije que nos habíamos conocido en Quito. Escuchó toda mi historia con atención y paciencia, a la que no le cambié ningún detalle pues pensaba que solo la verdad me salvaría.

─Usted ha actuado mal, señor ─me dijo─. No me refiero al hecho de que se haya acostado con una mujer, a lo que me refiero es a que usted ha traicionado la confianza de sus compañeros, se ha comportado como un individualista sin importarle los demás, ha pensado solo en usted y no en el colectivo al que se debe. Por lo tanto debe ser castigado, tiene que pagar. Yo no le daré dinero para ningún taxi para que usted retorne a su residencia, que es además lejos de aquí. 

Le argumenté largamente, le hice ver que finalmente mis compañeros debían estar muy preocupados sin saber lo que podía haberme pasado, le dije que entre ellos, estaba mi propia compañera que debía estar desesperada. Finalmente aflojó y me dio unas monedas para tomar un ómnibus, el último de los cuales pasaba a las 10:30 de la noche, o sea en pocos minutos más, pero que por suerte pasaba cerca de allí. Tomé el ómnibus que me dejó a la entrada de la Villa Olímpica. Caminé las dos o tres cuadras que había que recorrer hasta el bloque donde estábamos alojados, decidido también a contarle la absoluta verdad a Mariana, a aceptar sus reproches y a sufrir con su dolor. Cuando llegué, todo el grupo estaba reunido afuera del edificio, todos preocupados, sin saber qué hacer, esperándome. Hice mi amplia confesión en público mientras percibía la apenada mirada de Mariana. Nadie juzgó el hecho moral, se abocaron al perjuicio al bien colectivo. El castigo que me determinaron, fue el que realizaría una serie de trabajos extra hasta pagar todo el monto que había dilapidado. Al levantarse la sesión, todos me dieron una palmada afectuosa en el hombro, como diciéndome “entendemos, pero la cagaste”. Yo estaba verdaderamente avergonzado y, al retirarnos a dormir, Mariana me tomó de la mano y así llegamos hasta nuestro cuarto. Allí, ya con las luces apagadas, me dijo: “Lobito, lobito querido, yo sé cómo eres, yo te entiendo. Pero no hay duda de que esta vez actuaste mal”. Al día siguiente, y por varios días más, como es de imaginarse, actuamos con el vestuario arrugado, sin planchar.